El maltrecho negocio de los quioscos fue considerado un servicio esencial cuando se declaró la pandemia, pero eso no ha evitado que esta les haya dado la puntilla. Los vendedores de prensa se debaten entre transformar sus negocios o desaparecer.

La pandemia llegó a los quioscos cuando aún estaban resistiendo el envite de 2008. Aunque el Gobierno les consideró como «servicio esencial», la nueva coyuntura ha dado la puntilla a estos negocios, que se debaten entre la transformación y la desaparición. La caída de la inversión publicitaria y, a su vez, la de la difusión de publicaciones en papel propiciaron la desaparición de prácticamente la cuarta parte de puntos de venta del país. Solo entre 2010 y 2018 cerraron cerca de 6.000 quioscos en España, según el último Informe sobre la Industria de las Publicaciones Periódicas, elaborado por la Universidade da Coruña y la Universidad de Santiago de Compostela.

«Aquí la mayor parte de los puntos de venta han permanecido abiertos, aunque con horario más reducido: todo el mundo cierra por la tarde e incluso acorta el horario de mañanas», apunta Antonio Sández, quiosquero de A Coruña y presidente de la asociación provincial de vendedores de publicaciones periódicas. «La venta ha caído espectacularmente. Si bien los primeros días de confinamiento se vendían crucigramas o alguna revista porque muchos se aburrían en casa, poco a poco eso ha ido desapareciendo».

Sández recuerda que el sector «vive de la movilidad de las personas, de que puedan pasear y adquirir la prensa por impulso: tú vas por la calle y, aunque no tienes pensado comprar una revista, quizá lo haces al ver el titular; pero si la gente no pasea, se pierde eso». En el otro lado, lo que llama «la venta premeditada», que tampoco ha sido halagüeña: «La gente que habitualmente compra prensa son trabajadores de oficinas y bancos, que son los que están teletrabajando desde casa, donde prefieren los medios digitales».

En cualquier caso, «el sector ya arrastraba un mal endémico; incluso desde antes de la crisis de 2008 había una caída de ventas y un cierre importantísimo de puntos de venta en el país». «Estábamos posiblemente en un exceso de puntos de venta, porque llegó a haber 35.000 puntos en todo el país, y en este momento no llegamos a los 17.000. Es una caída brutal», detalla el vendedor, que subraya que la mayor caída se ha dado en «los últimos tres o cuatro años». «Seguramente provocada por el propio empuje que los editores están haciendo de las ediciones digitales», considera antes de reseñar que «el papel no puede competir con la inmediatez de los medios en Internet: el futuro va por ahí y lo reconozco».

¿Desaparecerá definitivamente el papel, como se lleva sugiriendo desde hace un par de décadas? «Creo que va a seguir teniendo su pequeño reducto gracias a las firmas importantes, de peso, que cobran mucho por comentarios de opinión y tienen un sector fiel que los lee, pero es muy reducido», prevé Sández, que, eso sí, aclara: «Ojalá me equivoque, porque yo vivo de esto, pero la capacidad de diversificación de mi negocio, un quiosco en vía pública, es muy limitada, no es como otro local comercial. Es una simbiosis: si uno falta, el otro no tiene mucha razón de ser».

«No sé si el sector aguantará diez años»

«Ha sido terrible, tenemos la sensación de abandono», lamenta Remedios Garrido, presidenta de la Asociación Nacional de Vendedores de Prensa, cuando le preguntan por la situación del sector durante la crisis sanitaria. «Nadie nos ha ofrecido ningún material para poder trabajar y apenas tenemos dinero: somos un sector que está casi arruinado y se mantiene como puede». Garrido, que tiene su quiosco en Granada, subraya que esta situación va a acelerar el proceso de transformación de estos puntos de venta: «Llevamos bastante tiempo estudiando cómo reinventar los negocios y vamos a hacer un cambio radical en nuestros puntos de vista: el 90% no va a ser prensa ni revistas».

Entre los productos, estarían todos aquellos relacionados con la bebida y alimentación, algo que ya se hace en muchas ciudades, pero que, augura, se empezará a ver más a partir de ahora: «Cada ciudad tiene una ordenanza que regula la venta de otro tipo de artículos. Por ejemplo, poder empezar a vender café para llevar, que ya se hace en Madrid pero no en muchas otras ciudades».

Eso sí, la capacidad de transformar los quioscos depende mucho de su ubicación. «No es lo mismo el norte que el sur de España, donde hay más turismo y de otro tipo, porque el clima te permite estar más horas en la vía pública. Aquí la diversificación de los quioscos de vía pública hacia el turismo o el pequeño regalo es muy difícil, lamenta Sández, el quiosquero coruñés. «El mal tiempo nos dificulta mucho la transformación y, por tanto, la supervivencia. De seguir así, no sé si el sector como tal aguantará diez años».

Lo que tampoco ayuda son unas relaciones cada vez más tensas con editores y distribuidores. Garrido, la presidenta de la Asociación Nacional de Vendedores de Prensa, señala que le tenían «más miedo al daño» que los editores les podían hacer que al propio coronavirus. «Si apenas hay gente en la calle para que pueda comprar y, además, el distribuidor no tiene mesura a la hora de mandarte ejemplares o facturarte, en una semana acaban con cualquier punto de venta del país», asevera.

Esta quiosquera enfatiza que «con los distribuidores y editores no ha pasado nada que no pasara antes». «Ni olvido ni perdón a lo que nos están haciendo en esta época excepcional. Desde que esto empezó, he tenido que pelear con todos los periódicos, da igual la editorial o grupo al que pertenezcan, para que las suscripciones no sean tan agresivas y permitieran venir a la gente a nuestros negocios, que para eso nos dejó abrir el Estado. No todo está permitido en tiempo de guerra», desarrolla antes de denunciar que cada vez se llevan más ejemplares a otros puntos de venta, como supermercados o establecimientos de alimentación: «Lo hacen para que sus ediciones registren una difusión mayor, pero eso no quiere decir que luego exista una venta».

«Llevamos un tiempo denunciando esto, peleando y mendigando para que nos dejen vivir de nuestro trabajo», agrega Garrido, que incide en que con la crisis sanitaria, «ha empezado a hacerse mucho más». «Calculamos que hay entre un 60 y un 70% más de difusión en otros puntos. Los espacios para los editores se van a ver muy reducidos en nuestras casas porque no vamos a olvidar lo que nos han hecho», advierte.

Aunque Sández, de A Coruña, cree que también hay que «ponerse en la piel de la otra parte y entender que los editores busquen nuevas vías«, tiene claro que «una de las principales causas» por las que cierran «es la competencia brutal de los los editores con las suscripciones al cliente final». «Esto es una realidad: el editor está poniendo en manos del cliente final promociones y precios que no nos ofrece a nosotros, que somos los que tenemos que revenderlo otra vez para que podamos ganar algo al producto», explica para ilustrar una situación en la que se quedan «totalmente fuera de juego».

«Es inaceptable que el editor ofrezca mejor precio al que le compra un solo ejemplar que al que le vende un centenar. Es competencia desleal de los editores sobre su propia red de ventas: es como si la Coca-Cola la vendieran más cara al del bar que al consumidor final. No sé ni cómo todavía vendemos periódicos», ejemplifica para afear que «hay algún editor en Galicia que ha tenido las santas narices de hacer una publicidad en Facebook con el eslogan: no bajes al quiosco, te lo llevamos a casa».

Las (no) ayudas del Gobierno

Este quiosquero también afea que «el Gobierno no ha hecho absolutamente nada por los vendedores de prensa». «El mantenernos abiertos no ha sido para beneficiarnos ni para garantizar el acceso a la información, que estaba más que garantizado por la televisión, radio o medios digitales. ¿En el siglo XXI resulta que el formato papel garantiza el acceso a la información? ¿Estamos de coña?», se pregunta para espetar que se han mantenido abiertos porque «los editores necesitaban tener su papel en la calle y por eso se consideró esencial». «Esa es la causa, no hacernos un favor a los comerciantes. Y no es una crítica política, es una realidad», recalca.

«Los locales son pequeños, por lo que el riesgo de contagio es mayor y no se nos ha dado ningún tipo de protección al considerarnos servicio esencial. Podíamos cerrar y recibir ayudas demostrando una caída de más del 75% respecto al último semestre anterior. Claro, no vendo nada y ya estoy muerto, pero eso es muy poco serio», señala.

Por su parte, la presidenta nacional de los quiosqueros apunta que no tienen «ningún contacto con el Gobierno a través de asociaciones o confederaciones nacionales». «Tenemos contacto con otras entidades con las que nos abarcan también a nosotros, pero desgraciadamente se llaman distribuidores y editores. Ellos piden ayudas al Estado olvidándonos y ni siquiera dejándonos participar en reuniones para que pudiéramos intervenir antes de que reclamaran algo. Lo que se ha pedido dicen que es en nuestro nombre, pero con nosotros no han contado», explica. Por ejemplo, señala que han pedido «500 euros semanales para los quioscos que han abierto, lo que supondría más de 2000 euros al mes… Vamos, han pedido para que no nos den». «La pandemia nos ha abierto los ojos para saber lo que ya no queremos tener en nuestra casa y de lo que no queremos vivir. Estamos muy enfadados con cómo se nos ha tratado», remacha.

Fuente: publico.es